Acabo de salir a la calle y me encontré con el frío. Sin mediar palabras se metió por todos lados, sobre todo entre las manos, a pesar que las guarecía dentro de los bolsillos de la campera. Mandando un moquito a su lugar de origen (no fui el únco, aunque el del puesto de diarios lo ejecutó contra el suelo) articulé entre dientes una de esas sentencias necesarias y automáticas para prender el piloto frente al frío: “¡ah, la mierda!”, me dije. Y mientras caminaba fui pensando en las frases que se ejecutan cuando la termina está por abajo. Por ejemplo: “No está para usar corpiño calado”, “¡Qué fresquete!”, la guarra “no está para lavarse el pito en la bomba”, pero hay una que simpre me dio vueltas y nunca llegué a entender: “¡Qué tornillo que hace!”. ¿Tornillo?, me pregunto. ¿Qué tendrá que ver con el fró? Porque se enrosa, no. Porque es de acero, menos. Porque se lo puede ajusta/desajustar con llave o torinillo, menos que menos.
Y tornillo sigue, escudo infalible contra “la fresca”.
¿Será porque no entiendo lo que quiere decir que estoy muerto de frío?
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