Necesito llegar rápido a la casa de Cecilia pero mi bicicleta está rota. La bicicleta rota, y la puta que lo parió. Dando vueltas por el patio buscando la primera excusa para no ir, porque me queda lejos para andar caminando y encima este frió, porque después vos no me vas a cuidar y menos pagarme los remedios, me doy cuenta de que a la facultad, la secundaria, la primaria y el jardín de infantes los recorrí pedaleando una bicicleta.Mis primeros días en La Plata, cuando se mezclaban la humedad y las cigarras en un telón de fondo a medio conocer, en bicicleta. Las primeras materias cursadas y aprobadas, compañeros y algunos pocos amores universitarios, también en bicicleta. Las entrevistas, las puertas que se cierran y los primeros escritos a los apurones en una sala casi a oscuras, obvio, en bicicleta. Más atrás: las amistades eternas, las materias de la secundaria de las que solo sabíamos los nombres de los profesores, la escuela técnica y algunas cuantas novias adolescentes, claro, en bicicleta. Las primeras bandas escuchadas, el último Maradona y mil kilómetros cuadrados para jugar al fútbol, es lógico, en bicicleta. Las tardes en el campo, sin humedad ni cigarras, ni diagonales, ni nada, en bicicleta. Terminar la primaria, en bicicleta. El primer beso, en bicicleta. Mis hermanas, los viejos y los abuelos, en bicicleta. Escuela Nº1 Bernardino Rivadavia: bicicleta. Parque General San Martín: bicicleta. Nueve de Julio: bicicleta.
Un mecanismo simple de solo dos ruedas y algún que otro bártulo para andar una vida, más rápido y más económico, sin perder tiempo para dejarla por ahí tirada y salir corriendo o caminando despacito, acorde a quién esté esperando, si es que hay alguien esperando. O sino agarrar nuevamente la bicicleta para recorrer las ciudades y los días.
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