Cuando a la noche sólo le queda el regocijo de jugar con la luna, los gatos se adueñan de la ciudad. Despiertan de su letargo diurno para pasear su dominio por las calles.Desde que la ciudad es la ciudad actual, los hombres disputan a medias luces una batalla sorda por su dominio, sin saber que mientras duermen dan lugar a la verdadera monarquía felina.
Y la arquitectura de la urbe se presenta como un escenario noctámbulo para que las mascotas del día legislen sobre la vida de la noche, repasando en un minucioso silencio el trabajo de los hombres: dialogan a la distancia desde sus patrias inexpugnables, entablando diálogos visuales que aseguren sus históricos triunfos.
Por sobre todas las cosas, saben cómo comportase cuando un hombre sin sueño surca indiferente sus naciones de ronroneos, sumiéndose en una aplicada tarea de limpiezas y afiladas de uñas en las cortezas de los árboles cómplices.
Las capitales de sus reinos están marcadas con estrellas en el cielo y vigilan sus fronteras desde lo altos tapiales, cornisas agigantadas por sus pasos indudables.
Cuando la noche irremediablemente sucumbe al otro trono de luces, los gatos pactan las condiciones para una nueva salida, prometiendo un amanecer de pasiva obediencia gestionado en el silencio del lecho, esperanzándose en que el día les ofrezca de una vez por todas la llave de un reino que íntimamente reconocen como suyo.
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