Me tiró una hoja arrancada de un cuadernillo y una Bic reventada con la punta completamente manchada de azul. Me pidió que escribiera. En realidad más que pedirme, su alocución arrojó una mera orden apurada por el deseo de huir inmediatamente de esa sala blanca por la luz de una exagerada cantidad de tubos fluorescentes distribuidos uniformemente por el techo. Se escuchaba a lo lejos una radio y unas voces o risas. Me molestaba el olor a nicotina y a mugre que habían dejado los que antes habían estado ahí.“Escribí” me dijo y no me asombró porque era por eso que estaba ahí. Y escribí (después de marcar varias c superpuestas con esa lapicera imposible) “Con todos los problemas que hay afuera de esta sala, me asalta el deseo de decirte –te lo digo- la concha de tu hermana. Y encima me das una lapicera de mierda para escribírtelo.”
Terminé de escribir esta idiotez y me levante dispuesto a irme sin decir una sola palabra. Cuando ya caminaba por el pasillo (la hoja había quedado sobre la mesa, en el mismo lugar en que me la había alcanzado) escucho su risa de tabaco y tos y mas risa. Me doy vuelta y lo veo apoyado en el marco de la puerta y señalándome con el papel que antes me había alcanzado para probar mis aptitudes me dijo “quedaste”.
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